Your browser is not Javascript enable or you have turn it off. We recommend you to activate for better security reason¿Marguerite, qué hago aquí?

Acogida > Noticias > Artículo

¿Marguerite, qué hago aquí?

Mildred Chabassol, CND

Cuando me mudé a Kingston después de doce años de ministerio parroquial en Terre-Neuve, me pregunté lo que debía hacer ahora. Explorando la ciudad, la palabra que tenía siempre en mente era «periferia». Una tarde, me llamó la atención un gran campus con lindos jardines, un número impresionante de edificios, coronado por una cúpula roja majestuosa. Todo aquello me recordaba a Disneyland. De ello deduje que era un parque de atracción. Esperaba su apertura, solo para saber que era una de las cinco cárceles de la ciudad. Fue un shock, pero poco a poco me di cuenta que esa iba a ser mi periferia.

Pronto, todo cayó en su lugar. Después de todo el trabajo administrativo, las entrevistas y los cursos de preparación, me encontré a las puertas de la cárcel de Joyceville, pasmada de miedo. Pregunté: ¿«Marguerite, qué hago aquí»? La respuesta vino cuando sentí una profunda paz y una energía llenarme. Este don está conmigo cada vez entro en una de las cárceles dónde sirvo. Ahora nunca tengo miedo. Tengo la suerte de trabajar con un equipo confesional mixto de siete personas, al servicio de los hombres que se encuentran en la zona de seguridad «media alta» de los recintos. Una cárcel recibe y procesa a todos los hombres de la provincia de Ontario, así como de otras regiones de Canadá. Desde allí, son evaluados y dirigidos a dónde van a cumplir su pena. Las dos otras cárceles acogen a hombres que cumplirán con su pena prolongada, de varios años de cadena perpetua.

No hace falta decir que este ministerio ha sido uno de los más difíciles en mis 58 años de apostolado. Cada vez que me encuentro con estos hombres, regreso enriquecida, honrada, maravillada de sentir la riqueza de Cristo caminando en medio de ellos. Veo su rostro en cada hombre que encuentro. Estar con ellos me anima, me da esperanza y me llena de agradecimiento.

Vienen de orígenes y profesiones distintos. Ellos admiten que han hecho algo malo y aceptan su pena. La mayor parte de ellos desean utilizar su tiempo sabiamente participando en programas que les ayudarán a enfrentar sus problemas, a fin de que puedan regresar a la sociedad siendo mejores personas.

Puedo rezar con ellos, darles consejos, ofrecerles sugerencias si necesario, y prestarles una oreja atenta y comprensiva. A veces, me sorprende la facilidad con la que me cuentan sus historias. Los que me acompañan en las cárceles son probablemente las únicas personas del exterior que encuentran durante mucho tiempo. Los hombres están tan agradecidos con nuestra presencia que nos acogen con sus sonrisas y apretones de manos que reaniman cualquier corazón.

Estoy feliz que el parque de atracción no haya sido una realidad. Tengo la suerte de entrar en su espacio, y ser presencia para todos los que ocupan ahora una parte muy grande de mi vida y de mi oración.

 

Vuelta al índice precedente Todas las noticias
© Tous droits réservés Congrégation de Notre-Dame, Montréal, Québec, Canada